
Francisco Pizarro, nacido en Trujillo, Extremadura, España, alrededor de 1478, es una figura central, aunque controvertida, en la historia de la conquista española de América. Hijo ilegítimo del capitán Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar, su infancia estuvo marcada por la pobreza y la falta de educación formal. Este origen humilde contrastaría fuertemente con el poder y la riqueza que eventualmente acumularía a través de su expedición al Perú y la subyugación del Imperio Inca.
Inicialmente, Pizarro se alistó en el ejército español, sirviendo en Italia bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. Su ambición y deseo de fortuna lo llevaron a embarcarse hacia el Nuevo Mundo, llegando a la isla de La Española (actual República Dominicana y Haití) a principios del siglo XVI. Participó en varias expediciones, incluyendo la de Alonso de Ojeda a Colombia y la de Vasco Núñez de Balboa, con quien cruzó el istmo de Panamá en 1513 y avistó el Océano Pacífico, momento crucial que abriría el camino a futuras exploraciones hacia el sur.
Durante su estancia en Panamá, Pizarro acumuló cierta riqueza y experiencia como encomendero. Sin embargo, las historias sobre un rico imperio al sur, rebosante de oro y plata, lo obsesionaron. En 1524, en sociedad con Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque, Pizarro emprendió su primera expedición exploratoria hacia el Perú. Esta y una segunda expedición posterior (1526-1527) fueron extremadamente difíciles y costosas, marcadas por la escasez de recursos, la hostilidad de los nativos y la pérdida de hombres. Sin embargo, lograron obtener evidencia concreta de la existencia del Imperio Inca y de su inmensa riqueza.
Ante la falta de apoyo suficiente de las autoridades de Panamá, Pizarro decidió viajar directamente a España en 1528 para solicitar el respaldo de la Corona. En Toledo, se reunió con el rey Carlos I (emperador Carlos V) y, gracias a su elocuencia y a la presentación de objetos incas, logró obtener la Capitulación de Toledo, un acuerdo real que lo nombraba gobernador, capitán general y adelantado de las tierras que conquistara al sur de Panamá, otorgándole amplias facultades y recompensas. Almagro, aunque también fue recompensado, quedó en una posición subordinada, lo que sembraría las semillas de la futura rivalidad entre ambos.
Con la bendición real y reforzado con hombres y recursos, Pizarro regresó a Panamá y emprendió su tercera y definitiva expedición al Perú en 1531. Aprovechando la guerra civil que asolaba el Imperio Inca, entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, Pizarro y sus hombres desembarcaron en la costa norte y avanzaron hacia Cajamarca, donde Atahualpa se encontraba tras haber derrotado a Huáscar.
En un acto de audacia y traición, Pizarro organizó una emboscada a Atahualpa en la plaza de Cajamarca en noviembre de 1532. Aprovechando la superioridad de sus armas de fuego y caballos, los españoles masacraron a miles de incas desarmados y capturaron a Atahualpa. El emperador inca, creyendo que podía comprar su libertad, ofreció llenar una habitación de oro y dos de plata a cambio de su vida. Pizarro aceptó el rescate, pero, a pesar de haber recibido el inmenso tesoro, mandó ejecutar a Atahualpa en julio de 1533, acusado falsamente de conspiración y rebelión. Este acto marcaría el inicio del colapso del poder inca.
Tras la muerte de Atahualpa, Pizarro nombró a un emperador títere, Manco Inca Yupanqui, para mantener el control sobre la población. Sin embargo, el dominio español no fue pacífico. Manco Inca se rebeló en 1536, sitiando Cuzco, la capital inca, durante varios meses. Aunque la rebelión fue finalmente sofocada, demostró la resistencia inca a la dominación española.
Mientras tanto, la relación entre Pizarro y Almagro se deterioró rápidamente debido a disputas por el control de las tierras conquistadas y el botín. Almagro, descontento con la recompensa que había recibido, reclamó Cuzco y se enfrentó a Pizarro en una guerra civil. Almagro fue derrotado y ejecutado en 1538. Sin embargo, sus partidarios, liderados por su hijo, vengaron su muerte asesinando a Francisco Pizarro en Lima en 1541. Pizarro murió en su propia casa, luchando valientemente contra sus asesinos.
La figura de Francisco Pizarro es objeto de debate y controversia. Para algunos, es un audaz conquistador que llevó la civilización y el cristianismo al Nuevo Mundo. Para otros, es un cruel invasor que destruyó una cultura milenaria y explotó brutalmente a la población indígena. Independientemente de la perspectiva, su papel en la historia de América Latina es innegable y su legado sigue siendo relevante en la actualidad.
Su conquista del Imperio Inca abrió las puertas a la colonización española de gran parte de Sudamérica, transformando profundamente la región en términos culturales, económicos y políticos. El flujo de oro y plata del Perú a España enriqueció enormemente a la Corona española y contribuyó al desarrollo del capitalismo europeo. Sin embargo, esta riqueza se obtuvo a costa del sufrimiento y la muerte de millones de indígenas, víctimas de la guerra, la enfermedad y la explotación.
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