
Nicolás Avellaneda (1837-1885) emerge como una de las figuras más trascendentales en el complejo proceso de consolidación del Estado nacional argentino durante la segunda mitad del siglo XIX. Su presidencia (1874-1880) no solo marcó la culminación de un período de organización institucional iniciado por Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento, sino que también sentó las bases económicas, sociales y territoriales que definirían a la Argentina agroexportadora y moderna.
Abogado, periodista, político y educador, Avellaneda representó la quintaesencia del intelectual liberal de su tiempo, profundamente influenciado por las ideas de Juan Bautista Alberdi y la visión civilizatoria de Sarmiento. Su gestión al frente del Ejecutivo fue un período de profundas transformaciones, caracterizado por la expansión de la frontera productiva, el fomento de la inmigración masiva, el fortalecimiento de la educación pública y, crucialmente, la federalización definitiva de la Ciudad de Buenos Aires, evento que resolvió una de las disputas más arraigadas de la historia argentina.
Orígenes y Formación de un Intelectual
Nacido en San Miguel de Tucumán el 3 de octubre de 1837, Nicolás Avellaneda provenía de una familia con honda raigambre política. Su padre, Marco Avellaneda, fue un unitario ejecutado por orden de Manuel Vicente Maza durante las guerras civiles argentinas, un hecho que, sin duda, marcó la conciencia del joven Nicolás. Tras la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, su madre lo envió a Buenos Aires para estudiar en el prestigioso Colegio Republicano, dirigido por el exiliado chileno José María Gutiérrez.
Su formación académica continuó en la Universidad de Córdoba, donde estudió Derecho, destacándose por su brillantez. Sin embargo, no llegó a obtener el título de abogado en Córdoba, trasladándose a Buenos Aires para completarlo. Desde muy joven, Avellaneda mostró una precoz vocación por el periodismo y la docencia, colaborando con diversos periódicos de la época y publicando ensayos sobre temas económicos y jurídicos. Fue en esta etapa cuando entró en contacto con Domingo F. Sarmiento, quien se convertiría en su mentor y quien, años más tarde, lo designaría como su Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública.
El Ascenso Político y el Camino a la Presidencia
La carrera política de Avellaneda fue meteórica y ascendente. Tras su paso por la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de abogado en 1858, regresó a Tucumán para incursionar en la política provincial. En 1860 fue elegido legislador provincial, y al año siguiente, diputado nacional. Su elocuencia, vastos conocimientos y capacidad de análisis lo destacaron rápidamente en el Congreso.
Durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento (1868-1874), Avellaneda asumió el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Desde este cargo, fue un pilar fundamental en la implementación de las políticas educativas sarmientinas, sentando las bases de la educación pública moderna en Argentina, impulsando la creación de escuelas normales, colegios nacionales y la difusión de la cultura.
En 1874, con el apoyo de Sarmiento y la Liga de Gobernadores, Avellaneda fue postulado como candidato a la presidencia. Su elección fue controvertida y generó una nueva insurrección liderada por Bartolomé Mitre, quien se negaba a aceptar el resultado. Avellaneda demostró una firmeza inquebrantable para sofocar la rebelión, consolidando la autoridad del gobierno nacional y marcando un hito en la pacificación del país tras décadas de conflictos civiles.
La Presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880): Cimientos de la Argentina Moderna
El sexenio de Avellaneda fue un período de profunda reestructuración y crecimiento. Sus políticas se enfocaron en la consolidación del modelo agroexportador, la expansión demográfica y territorial, y la afirmación del poder central sobre las provincias.
La Política Económica: 'Gobernar es Poblar'
Avellaneda abrazó plenamente el lema de Juan Bautista Alberdi, 'Gobernar es poblar', como eje central de su proyecto de país. Entendía que la riqueza de Argentina residía en su vasto territorio, aún escasamente habitado y explotado. Su política económica buscó fomentar la producción agrícola y ganadera destinada a la exportación, apoyada en la modernización de la infraestructura y el flujo de capitales extranjeros.
- Fomento de la Inmigración: La Ley de Inmigración y Colonización (conocida como Ley Avellaneda) de 1876 fue una pieza clave. Estableció la Dirección General de Inmigración, garantizó derechos a los inmigrantes, ofreció facilidades para su llegada y asentamiento, e impulsó la creación de colonias agrícolas en diversas provincias. Millones de europeos, principalmente italianos y españoles, llegaron a Argentina durante este período, transformando la demografía y la fuerza laboral del país.
- Desarrollo de Infraestructura: Se continuó y amplió la construcción de ferrocarriles, que unían las zonas productivas del interior con los puertos del Litoral, facilitando la exportación de cereales, lanas y carnes. La infraestructura portuaria también recibió un impulso significativo.
- Estabilidad Financiera: Enfrentó una severa crisis económica y financiera en 1876, heredada de gobiernos anteriores y agravada por factores internacionales. Avellaneda adoptó medidas de austeridad, incluyendo la reducción del gasto público y la emisión de empréstitos, logrando estabilizar la economía. Su famosa frase en el Congreso: «Hay dos millones de argentinos que necesitan de la paz y de la riqueza; para ellos y no para vuestros rencores se ha fundado esta República. Es necesario, y así será, economizar hasta la sangre de las entrañas si es preciso, para cumplir los compromisos contraídos», reflejó su compromiso con la solvencia del Estado.
La Expansión Territorial: La Campaña al Desierto
Una de las acciones más emblemáticas y controvertidas de su gobierno fue la Campaña al Desierto, ejecutada por el General Julio Argentino Roca entre 1878 y 1879. Esta campaña militar tuvo como objetivo incorporar a la soberanía nacional los vastos territorios de la Patagonia y el Chaco, habitados por pueblos originarios, y poner fin a los malones que asolaban las estancias de la frontera. Si bien la campaña significó la expansión territorial del Estado argentino y la apertura de nuevas tierras para la agricultura y la ganadería, también implicó el sometimiento y desplazamiento forzado de las poblaciones indígenas, un aspecto que genera intenso debate y revisión crítica en la historiografía actual.
La Federalización de Buenos Aires: El Fin de un Ciclo
El último y quizás más trascendental conflicto que Avellaneda debió enfrentar fue la cuestión de la capital de la República. Desde la Revolución de Mayo, Buenos Aires había sido un foco constante de tensiones debido a su hegemonía económica y política, y la disputa sobre su rol como capital provincial y nacional había provocado guerras civiles durante décadas.
En 1880, el conflicto estalló nuevamente. La candidatura de Julio Argentino Roca a la presidencia, apoyada por Avellaneda, generó una fuerte oposición en Buenos Aires, liderada por Carlos Tejedor, entonces gobernador de la provincia. La situación escaló a un enfrentamiento armado entre las fuerzas nacionales y las de la provincia de Buenos Aires. Avellaneda, con la ayuda de Roca, logró imponer la autoridad del gobierno federal. La resolución final fue la Ley de Federalización de Buenos Aires (Ley 1029), que declaró a la ciudad como capital federal de la República, separándola de la provincia. Este acto simbólico y político fue crucial para la consolidación definitiva del Estado argentino y el establecimiento de un poder central indiscutible.
Legado y Repercusiones
Nicolás Avellaneda falleció prematuramente en alta mar, regresando de un viaje a Europa en 1885, a la edad de 47 años. A pesar de su corta vida, su impacto en la configuración de la Argentina moderna fue inmenso.
Su presidencia se erige como un pilar fundamental de la Generación del 80, el grupo de dirigentes liberales que gobernaría el país durante las décadas siguientes. Avellaneda sentó las bases de un modelo de país basado en la agroexportación, la inmigración masiva y la integración territorial, elementos que impulsaron un crecimiento económico sin precedentes y transformaron a Argentina en una potencia emergente a principios del siglo XX.
La historiografía lo reconoce como un estadista de visión y firmeza, capaz de navegar crisis económicas y políticas complejas. Sin embargo, su figura también es objeto de análisis crítico, particularmente en lo que respecta a la Campaña al Desierto y sus consecuencias para los pueblos originarios, así como el modelo económico que, si bien trajo prosperidad, también generó desigualdades y dependencias externas.
Nicolás Avellaneda es, en definitiva, una figura indispensable para comprender la gestación de la Argentina contemporánea. Su legado es un testimonio de la ambición y la capacidad de una generación que se propuso construir una nación moderna, próspera y unificada, con todos los claroscuros que ello implicó.
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